Cuando propongo incorporar simulación operativa en la gestión de proyectos de construcción, la reacción más frecuente no es rechazo abierto.
Es condescendencia amable.
"Muy interesante para la academia." "En la práctica no tenemos tiempo para eso." "Los proyectos reales funcionan distinto."
Y sin embargo, la industria de manufactura, logística, minería y energía lleva décadas usando simulación como herramienta de gestión estándar. No como ejercicio académico. Como soporte para decisiones operativas reales con consecuencias financieras concretas.
¿Por qué en construcción sigue siendo "teórico"?
Porque adoptamos el supuesto de que los proyectos de construcción son demasiado únicos, demasiado variables, demasiado complejos para ser modelados con rigor.
Y ese supuesto está exactamente al revés.
Precisamente porque son únicos, variables y complejos, necesitan simulación. Un entorno predecible y estable la necesita menos. Un entorno con alta variabilidad estructural la necesita con urgencia.
La simulación no elimina la incertidumbre. La hace visible y manejable antes de que sea costosa.
Seguir rechazándola como académica no es pragmatismo. Es el costo de no querer cuestionar el modelo con el que llevamos décadas operando.
